Viaje a Roma de San Pablo
Lucas describe de forma minuciosa la travesía por
mar hasta llegar a la ciudad de Roma.
En una
mañana tranquila de septiembre del año 60, un carguero de cabotaje dejaba el
puerto de Cesaréa en ruta hacia el Asia Menor. En este barco iba bajo custodia
Pablo, y le acompañaban Lucas y Aristarco. Luego de tocar en Sidón, arribaron
al puerto de Myra, donde se organizaba la carga del trigo egipcio con
destino a Roma.
a idea era la de navegar de isla en isla a través
del mar Egeo. El barco iba demasiado cargado y a bordo tenían que convivir
hacinadas unas 276 personas. La dirección de los vientos otoñales condujo la
embarcación hacia la costa sur de Creta.
Pablo aconsejó no proseguir la travesía e invernar
cerca de la ciudad de Lasea. Pero como soplaba un cálido viento Sur, decidieron
hacerse de nuevo a la mar.
Sufrieron
luego una gran tormenta huracanada y tuvieron que dejar la embarcación a la
deriva. Pasaron varios días y permanecía nublado y no podían ver las estrellas,
pero Pablo les dijo: No teman, porque el ángel de mi Señor, me dijo que no nos
pasara nada ni a mí, ni a ninguno de ustedes que viajan conmigo; y que
compareceré delante del Emperador.
Estuvieron catorce días sin comer, entonces Pablo
tomo el pan y lo partió, dio gracias a Dios y empezaron a comer. A la mañana
siguiente habían encallado en un banco de arena y pudieron alcanzar las costas
de Malta. Permanecieron en esta isla unos tres meses.
Hacia finales del invierno, los prisioneros y sus
guardianes se acomodaron en un barco alejandrino con destino cercano a Roma. No
hubo dificultad alguna en la travesía. Hizo escala el barco en Siracusa
(Sicilia), alcanzó Reggio di Calabria (en la punta de la bota), costeó el
Vesubio y llegó hasta Putéoli, el principal puerto de la Roma de entonces.
Estaban a poco más de 200 kilómetros. De camino, a
unos 40 km de Roma (Tres Tabernas) les salió a su encuentro una delegación de
bienvenida. Aquila y Priscila, los viejos compañeros de Corinto y Éfeso estaban
allí. Al llegar a Roma, los hermanos, enterados de la llegada, salieron al encuentro. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios
y cobró ánimos.
Una vez
entrados en Roma se le permitió a Pablo vivir en su casa con un soldado que le
custodiaba” (28,14-16)
Pablo permaneció dos años bajo
vigilancia, en una casa que habían alquilado… “predicando el reino de Dios y
enseñando las cosas referentes al Señor Jesucristo con toda libertad y sin
impedimento alguno” (28,31).
El evangelio de Jesucristo se ha
difundido desde Jerusalén a Roma; se ha extendido entre judíos y no judíos; la
Iglesia es una Iglesia abierta, universal y en misión. No se cierra sobre sí
misma. Pero las última palabras que Lucas escucha de Pablo son éstas, en
referencia a los judíos: “Con razón dijo el Espíritu Santo a vuestros
antepasados por medio de Isaías: ve a decir a este pueblo. Escucharéis, pero no
entenderéis; miraréis, pero no veréis. Porque el corazón de este pueblo está
embotado. Son duros de corazón y tienen cerrados los ojos para no ver, ni oír,
ni entender, ni convertirse.
Concluye el Libro de los Hechos. Bajo la atractiva imagen de un Espíritu abierto y universalista, la Iglesia es acogida por los gentiles. El testimonio de sus mártires la fortalecerá y le infundirá una autoridad moral indiscutida.
Comentarios
Publicar un comentario